La secuencia arranca en la frontera rusa, se dice que era una base aérea de Afganistán. Un circo nevado, unas instalaciones militares, nieve por doquier, frío… y James Bond merodeando el lugar. Pierce Brosnan, el moreno actor irlandés, da vida al mítico personaje de Ian Fleming y como podéis imaginar aquello acabó todo reventado por los aires.

Así comienza “007 El mañana nunca muere” y lo hace en el pequeño aeródromo del Peyragudes, final de la etapa más importante del Tour de Francia 2017 en los Pirineos. Peyragudes, un sitio perdido en otra frontera, entre Francia y España, un lugar en el corazón de un corredor que estos días tenemos presente en la memoria, Alejandro Valverde, quien jadeara de emoción en este circo pirenaico cuando volvió de nuevo al Tour y con victoria, nada menos.

Peyragudes no es un sitio muy frecuentado por la carrera más importante del mundo, pero viene precedido del Col du Peyresourde, éste sí, uno de los grandes de siempre de la “Grande Boucle”, el gran rizo que se traza por Francia cada mes de julio.

El Peyresourde se sitúa en la coronilla de las montañas que rodean Bagneres du Luchon, el pueblo más famoso del lugar de donde parten múltiples rutas a otros colosos de entidad y carisma. De entre ellos, por eso, el Peyresourde goza de calidad y cantidad, porque aquí el Tour posó el pie por primera vez en los años veinte, en los tiempos de leyendas como Ottavio Bottecchia, el primer campeonísimo italiano, que jugó a todo o nada en aquel maratón pirenaico que en el Tour de 1924 tuvo lugar entre Bayona y Luchon.

Enfrente de Bottecchia uno de los hermanos más famosos de Francia, un Pélissier, Henri. Un duelo a muerte, uno de los primeros de la historia y que por tanto habría de sentar precedente.

Consciente de que su papel de favorito debía ser refrendado en la ruta, el italiano ataca muy lejos de meta, en la base del Aubisque. Ya no miró atrás. En el inicio del Tourmalet, Bottecchia camina con cuatro minutos de adelanto sobre los perseguidores, la ventaja se va a los once en la cima y a dieciséis en el Aspin.

El llamado “círculo de la muerte” sienta bien al líder de la etapa que corona el Peyresorude coqueteando con los veinte minutos sobre los perseguidores. Casi diecinueve horas después de partir de Bayona, Bottecchia atraviesa el umbral de Luchon roto pero feliz. A los pocos días ganaría el primero de sus dos Tours.

Bottecchia es pionero en el Peyresourde, pero en este teatro han actuado otros grandes, en un recorrido también entre Bayona y Luchon, Nicolas Frantz, otro de los grandes de los veinte, sentenciaría uno de sus Tours. El luxemburgués marcaría el paso de los grandes nombres que habrían de coronar esta cima que se sitúa en los Pirineos centrales, entre Arreau, el inicio del Aspin y la mentada Luchon.

Frantz fue uno de los tres grandes luxemburgueses de la historia, el siguiente fue el ángel, Charly Gaul, el corredor cuya habilidad subiendo fue mítica, sobre todo cuando la lluvia visitaba el pelotón. Una delicia verle, en las suaves colinas verdes y las herraduras que iban hacía el Peyresourde, un corredor cuya mácula compitió con Federico Martín Bahamontes, el primero aquí hasta tres veces, si bien el “recordman” en el lugar es Jean Robic, en cuatro ocasiones por delante.

Los años pasaron, los nombres desfilaron: Lucien Van Impe, Luis Ocaña, Bernard Hinault, Robert Millar,… quedaron también aquí recuerdos mudos del malogrado Joaquin Galera y el “abulense que hacía relojes” Julio Jiménez.

Claudio Chiapucci, aquel día que ganó en Pau, Richard Virenque, Gilberto Simoni, Laurent Brochard, entre otros, son nombres que marcan el caché del sitio, un sitio que en los últimos diez años vivió tres hazañas que queremos recordar.

 

Hace diez exactamente la escena del Peyresourde se convirtió en un ring de púgiles. De amarillo total, Michael Rasmussen, el danés que ya veía París desde las crestas de los Pirineos, de blanco esperanza, y Alberto Contador, la nueva sensación, el valor emergente que tomaba los corazones de quienes creían en un ciclismo de rompe y rasga y a pecho descubierto.

Los últimos kilómetros del Peyresourde, mientras Alexander Vinokourov corona por delante, son un carrusel de golpes y ataques, a cual más duro, del madrileño sobre el danés. Rasmussen los encaja todos y no fue sencillo, resultaron incontables. Francia y el Tour, en especial, estaban conociendo las maneras de aquel joven nacido en Pinto que distinguía los pájaros por su canto.

Unos años después, el Peyresourde es el último acto de la epopeya de Thomas Voeckler, un ciclista tan admirado como odiado que ese año, con el maillot de campeón de Francia ganaría dos etapas en el Tour, dos gestas vestidas de coraje y corazón. El tipo de las mil caras Voeckler ese día coronaba el Peyresourde quebrado en el físico pero copado en el ánimo. Tenía Francia a sus pies.

Como la tuvo Chris Froome el año pasado cuando en el breve llano que precedía a la cima, toma la cabeza, abre un hueco y se va, simplemente se va, tomando riesgos en cada curva, adoptando posiciones inverosímiles en su bicicleta, pero yéndose, simplemente yéndose a la que fue la antesala de su tercer Tour de Francia.

Por Ibán Vega, desde El Cuaderno de JoanSeguidor